Saben bien de discriminación, mal trato y dificultades para acceder a los derechos que la ley les garantiza. Por eso, desde 2007 implementan un proyecto de integración de personas con discapacidad a los servicios de salud que dependen del CAPS donde trabajan. El jefe del servicio, Juan Carlos Albarracín, es el papá de Carlitos, el chico de 19 años que sufre esclerosis múltiple y cuya historia de lucha para que el Subsidio de Salud se haga cargo de lo que le ordena la ley se publicó en TUcumanos hace menos de 15 días. Adrián Martín es odontólogo, y también pena para que Asunt, su obra social, cumpla sin restricciones la ley y cubra las necesidades de su hijito, que padece una discapacidad. Estela Barros es farmacéutica; uno de sus chicos sufre síndrome de Down y fatiga los pasillos del Subsidio. Francisco Maza es agente sanitario del CAPS y tiene una hermana con discapacidad motriz severa. Todos ellos saben lo que se sufre y pusieron manos a la obra.
Comenzaron con un relevamiento, casa por casa; establecieron que la población a su cargo supera las 7.500 personas. Descubrieron que un 10% presentaba algún tipo de discapacidad. Y con ello, otro dato epidemiológico importante: muchos de estos pacientes tenían la salud bucal en condiciones dramáticas. Así que hacen hincapié en esta cuestión. "En todos los casos depende de la higiene; por eso trabajamos mucho con la familia. Generar hábitos es indispensable, pero muchas veces quienes los ayudan a higienizarse olvidan la boca o no le dan importancia; otra veces sufren dificultades parecidas a las que vemos en el consultorio. Y una boca llena de caries es una bomba de tiempo. La infección puede dañar órganos vecinos, y causar desde meningitis hasta endocarditis bacterianas", destacó Martín.
Los jueves son de ellos
"Decidimos establecer que los jueves, en odontología, solo vemos chicos especiales. Ellos tienen pocos medios para lograr la atención, pero además necesitan otros tiempos. Es más difícil combatir los temores y hasta en muchos casos es muy complicado que abran la boca, especialmente los discapacitados neurológicos", añade, y explica por qué: "cuando hay contracturas severas en los músculos maxilares hay que ayudarlos a abrir la boca muy lentamente; si no, corremos riesgo de un desgarro. Necesitamos turnos largos, casi sin límites, y esos tiempos no se pueden cumplir en una jornada normal".
Además, han implementado vacunaciones y curaciones a domicilio, que llevan a cabo desde enfermería con la asistencia de los agentes sanitarios. Natalia Juárez es una de ellos, y se ha comprometido con el proyecto con toda su energía.
Estas actividades pueden implementarse sin mayores complicaciones porque pueden planificarse; sin embargo, la salida del personal del CAPS requiere de autorizaciones especiales. "Pero es la única forma -dice Natalia-: ellos no pueden venir."
En clínica y en pediatría, donde suelen trabajar con urgencias, no se pueden reservar turnos, porque no se sabe cuándo van a necesitar el médico. "Lo que hacemos es darles prioridad. Intentamos, además, adaptar el edificio: hemos construido la rampa en la vereda, pero no tenemos fondos para adaptar, por ejemplo, los baños", dice Albarracín. Y sueña con tiempos idos, cuando gracias a un convenio con la UNT pasantes de la Facultad de Medicina y de la carrera de Kinesiología los ayudaban con las rehabilitaciones... ¡a domicilio!
"El CAPS ha crecido mucho (pasamos de 80 a 150 m2) pero no nos podemos adecuar a las necesidades de los discapacitados -explica Albarracín-. Estamos gestionando fondos -y decisión política- para hacer una planta alta y liberar espacio abajo. Nuestro sueño es armar los baños y una sala de rehabilitación".